«CUANDO LA CALLE ERA EL MUNDO»
Autora: Eulalia Teresa Rodríguez
En los años sesenta, antes de que el mundo se encerrará en sí mismo, la calle era nuestro patio, nuestra escuela, nuestra plaza y nuestra pequeña patria compartida. La vida cabía entera en ella. Jugábamos con cualquier cosa: un aro, una pelota, una cuerda o, simplemente con la imaginación. La calle no era solo una vía de paso: era el centro de nuestras vidas. Allí crecimos, caímos, reímos y aprendimos sin darnos cuenta. Jugábamos con poco y lo teníamos todo. La imaginación era nuestra mejor aliada. Y el tiempo, nuestro cómplice.
No hacía falta invitaciones formales. Bastaba con asomarse a la puerta, y allí estaban: «los de siempre» . Cada amistad se forjaba al ritmo de las carreras, los sustos, las historias contadas a la sombra de un árbol …La amistad era una promesa tácita, sellada con juegos, peleas y reconciliaciones espontáneas.
Cada niño o niña tenía su bicicleta , su trompo, su soga, su yo-yo… Y si no lo tenía, lo tenía el vecino, y eso bastaba. Porque en la calle no había propiedad privada: todo era compartido, todo era nuestro.
También allí aprendimos lo esencial: a ceder, a perder, y a volver a intentar, a esperar nuestro turno, a pedir disculpas, a consolar al que lloraba y a defender al más pequeño. La calle nos enseñaba que la vida no era un destino, sino un recorrido, y que ese recorrido se hacía mejor acompañado.
En ella se hacían los primeros juramentos de amistad, los desafíos que rozaban la temeridad: treparse al árbol más alto, robar uvas de un parral… Allí también se daban los primeros besos, torpes y temblorosos, detrás de un muro o bajo la sombra de un árbol.
El mundo adulto nos parecía lejano, casi ajeno, hasta que alguien gritaba desde una ventana:
¡ A cenar!
Entonces volvíamos a casa con las rodillas raspadas, la ropa sucia, y el corazón lleno
En los veranos, los vecinos se reunían en las aceras al caer el sol. Unos sacaban sillas, otros traían bizcochos, refrescos o unas cervezas. Se hablaba de todo y de nada: de lo que se cocinaba, de cómo crecían los hijos, del precio del pan y de los dimes y diretes del barrio. Los adultos conversaban con la naturalidad de quien no tiene prisa, y los niños corríamos alrededor sin que nadie sintiera que estábamos molestando. Éramos parte de una familia sin apellido común.
Han pasado muchos años, y cuando paso por esa misma calle, que ya no es la misma, me cuesta reconocerla. Las ventanas y puertas cerradas, las veredas desiertas, la plaza sin niños. Ya no se oyen voces, ni pelotas rebotando, ni risas desbordadas. Los niños están al otro lado, encerrados tras pantallas luminosas, lejos del sol, del polvo y del roce humano.
Y me preguntó con una mezcla de tristeza y ternura, si alguna vez conocerán el milagro de pertenecer a una calle, de tener una patria sin fronteras, de vivir una infancia al aire libre.
Eulalia Teresa Rodríguez
